Hacemos preguntas difíciles, solo en momentos similares
Cuando Dios parece distante
Todos recordamos la fractura histórica que sacudió al mundo el 11 de septiembre de 2001. El atentado en los Estados Unidos no solo dejó una huella imborrable en los sobrevivientes y en las familias que perdieron a sus seres queridos de forma devastadora y repentina, sino que también reabrió una herida profunda en la mente colectiva de la humanidad. En medio del humo y el dolor, una pregunta volvió a resonar con fuerza en los medios y en las calles: «¿Dónde estaba Dios en ese momento?» Es una reacción instintiva y recurrente: el ser humano tiende a demandarle explicaciones al Creador cuando la tragedia golpea, ignorando que las catástrofes morales son desencadenadas por la propia mano del hombre. Aquello se etiquetó como terrorismo, pero en su raíz no fue más que la manifestación del odio, la ambición política y la corrupción del corazón humano. Dios no necesita un abogado defensor que justifique Su conducta; lo que el ser humano necesita es honestidad intelectual para comprender que son sus propias decisiones las que lo distancian de la protección divina. No podemos pretender expulsar a Dios de nuestra cultura y, al mismo tiempo, responsabilizarlo por el vacío y el caos que deja Su ausencia. Cuentan las crónicas de aquellos días que un reportero gráfico abordó a una creyente entre las ruinas y, con un tono marcadamente despectivo y provocador, le preguntó: —¿Y dónde estaba su Dios cuando esto ocurrió? La respuesta de aquella mujer desarmó la cínica premisa de la pregunta: —Cuando las leyes de este país votaron para expulsar la lectura de la Palabra de Dios de las escuelas y universidades, la sociedad dijo: «Sí». Cuando legislaron para prohibir la oración de gratitud antes de los alimentos en los comedores estudiantiles, dijimos: «Sí». Cuando empujaron las instituciones educativas hacia un laicismo absoluto, despojándolas de todo valor y enfoque espiritual, volvimos a decir: «Sí». Hoy, habiendo hecho todo lo posible por erradicar a Dios de la vida pública y del corazón de las nuevas generaciones, ¿con qué derecho nos preguntamos dónde estaba Él cuando ocurrió la tragedia? Fuimos nosotros quienes le mostramos la puerta de salida. Dios es un soberano, pero también un caballero. Él no impone Su presencia donde ha sido sistemáticamente rechazado. En la carta a la iglesia de Laodicea, el texto sagrado nos revela la actitud del Creador frente a la libertad humana: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20). Dios no derriba la puerta de la vida del hombre; llama con paciencia y espera que sea el ser humano quien, en un acto de rendición y fe, decida abrirle el paso. Quizás al leer estas líneas te descubras escéptico y te preguntes: «¿Cómo puedo saber si Dios me está llamando? ¿Qué señal espectacular o manifestación sobrenatural debo esperar para reconocer Su voz?» No esperes un estruendo ni un espectáculo portentoso. Basta con que te detengas a reflexionar con humildad: «¿Por qué estoy leyendo esto hoy? ¿Qué me ha traído hasta este punto de mi vida?» El mero hecho de que tu corazón se sienta inquietado ante la verdad es ya el crujido de la puerta sobre la cual el Creador está llamando. A lo largo de tu existencia tomarás miles de decisiones: algunas financieras, otras familiares o profesionales. Sin embargo, hay una sola determinación cuyo peso no se limita al tiempo presente, sino que resonará por toda la eternidad: ¿en quién vas a depositar tu fe? ¿En la autosuficiencia de un mundo que se desmorona, o en el Dios que sostiene la historia? Las decisiones de hoy construyen el destino de mañana. Por eso la Escritura nos advierte con urgencia en Hebreos 3:15: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones...» Nuestra oración continua no es para que te conviertas en un crítico más de la realidad espiritual de nuestra época, sino para que actúes con sabiduría antes de que la oportunidad se agote. No critiques el dolor del mundo desde la barrera; abre la puerta de tu vida al único que puede sanar el corazón humano.
Deja un comentario